Berlin ma non troppo

Habría que haberle cambiado el nombre a B., y así mismo el nombre de todo lo que allí había, hasta el de los muertos. El exorcismo ha sido de dimensiones planetarias, y lo ejercen a cada día cientos de performers frente a un muro de papel que cada noche se quema junto a las heridas cerradas de la ciudad. Yo la hubiera llamado Narbe, y al Spree también Narbe, que significa cicatriz en alemán, a todo lo habría llamado Narbe. El Spree es una cicatriz hacia el Havel, por cada país que haya pasado cambia de nombre. El Spréva, que significa juerga.

El río lento, o más que un río una sucesión de canales que convergen y divergen. El llamado hilo azul, es en realidad un curso de aguas negras deshilachadas. El río más lento del mundo, está quieto como una cicatriz de agua, y las estelas de las barcazas son la escritura de la historia del miedo. Hay tantos rostros sumergidos en el Spree de cara al cielo, rostros desencajados con muecas de hielo. Eso ves si afinas en las aguas. Lucien Stern dice que el Spree es el único río del mundo que va a contracorriente, y que los barquitos de papel en los que se ha escrito una vida se hunden por el peso ingente de las palabras.

En B. todo permanece escondido en lo claramente visible. Debajo de un edificio de viviendas en Weißensee hay un cementerio, y debajo del cementerio un palacio, y a su vez todo recogido asépticamente en una bolsa de aire azul es un museo del miedo. B. no es apta para naturalezas sensibles. Parece que siempre está de fiesta, los artistas van a beber copas de cielo al Romanisches Café, Fritz Lange vuelve de la mudez de Metrópolis con una versión sonora en la que la voz de Marlene Dietrich se entrecruza con la de Leni Riefenstahl. Las dos terminan en un combate de boxeo a cámara lenta, y Goebbels con una máscara de Krampus las separa; después entran todos en el Cabaret Wiessemaus donde el pintor Ernst Ludwig Kirchner les espera.

No sé en qué parte de la ciudad me encuentro, pero sé que no estoy perdido, tampoco en qué época exactamente a no ser que ésta sea una mezcla de épocas que convergen hacia la nada. Pasar de un tiempo a otro siguiendo una larga calle en busca de una avenida para llegar a un callejón donde hay un patio es ir al encuentro de uno mismo. A unos 2400 kilómetros de T. y T. es sólo la quinta parte de Prenzlauer, el barrio pijo del Berlín oriental donde una copa de chianti de mala calidad cuesta ocho euros. Spree parece una palabra donde patinar, o serpentear, una palabra líquida que se hiela en la boca. Aún el río está contaminado de historia y aguas residuales. Vuelvo al Hotel caminando. Después de todo un día paseando de manera peripatética junto a Herman Löffler. Atrás hemos dejado la East Side Gallery, y en dirección a Boxhagener Platz hemos atravesado el parque de Friedrichshaim.

Todo es Narbe, Narbe es bella, los apartamentos de clase media de la Marienburgerstrasse ya están adornados con largos cables de led, y las cicatrices de luz pestañean entre una ligera niebla azul. Los cementerios urbanos son Narbe, ninguna ciudad del mundo tiene tantas cicatrices, escondidas en los tatuajes de la ciudad, toda ella está tatuada para camuflarse de la realidad, y la realidad es bella. Banksy comenzó aquí la sucesión de tatuajes urbanos. Tommy el loco quiere tatuar en la piel de la ciudad los números que todos los prisioneros de Auschwitz tenían tatuados en el brazo. Los habitantes no lo soportarían, nada dice más que los números, una sucesión de números tatuados, de cifras que significan muerte a lo largo de toda la ciudad se haría insoportable. Ya no había nombres, sólo números.

No sería soportable para la ciudad que ha hecho del mal y su contemplación su sostenibilidad turística. Cuando entré en el Carl Marx Allee, antes Avenida de Estalin, le dije a Löffler -estamos en Moscú-; a pie desde Kreuzberg dejando atrás la East Side Gallery no se tarda más de media hora en llegar a Moscú. El Moscova se hiela en invierno y las patinadoras como Mila Gelman escriben poemas con las cuchillas. B. es llana al igual que T. caminas, nunca dejas de caminar en busca de algo, al encuentro de las cicatrices. ¿Entonces? Cada río es diferente, y a la vez todos son iguales. El Spree se parece al Weser y el Weser al Fulda, ríos de llanuras; la lista de los ríos mansos aquí es interminable, y todos están comunicados por canales de agua.

Berlín es la ciudad de las inscripciones y de la documentación. Miles de inscripciones se suceden, en piedra, en aluminio, en hierro forjado, en baldosas de granito, en cristal, en los suelos, en los muros, en una puerta, hasta en el aire puedes leer que allí, a dos pasos, un criminal le quitó la vida a un inocente, y más allá, un criminal de estado tuvo su despacho en madera de caoba robada de la sinagoga de Rykestraße. De todos estos memoriales rememorando las atrocidades del nazismo la que te deja un agujero mayor es el de Bebelplatz, junto a la Unter den Linden. En ese lugar durante la noche del 10 de mayo de 1933, ese oxímoron de estudiantes nacionalsocialistas, en una gran pira, durante una noche quemaron miles de libros de autores como Karl Marx, Heinrich Heine o Sigmund Freud. A modo de inscripción, en una gran baldosa en el suelo se puede leer la premonitoria frase de Heinrich Heine, escrita en 1817, más de 100 años atrás: “Eso sólo fue un preludio, ahí donde se queman libros, se terminan quemando también personas”.

Junto a la inscripción, una gran ventana de vidrio encajada en el suelo deja ver al fondo unas estanterías blancas donde no hay nada. Narben, cicatrices. Llama la atención la vigilancia permanente de policía junto a cualquier espacio o edificio donde la vida judía ha intentado renacer en los últimos años. Siempre hay una garita de cristal con un hombre dentro y otro fuera. Hay miedo, vuelve a haber miedo, y los camisas pardas van vestidos de Benetton y calzados con Nike.

¿Cómo ver a un nazi hoy en día sino en alguien igual a ti? ¿Alguien que ha enfermado y pasa a tu lado desapercibido? Cualquier concepto o memorial conceptual se le podría pasar fácilmente a un adolescente que pasará por allí y fotografiara con su móvil el lugar por donde anduvo el mal; por amor al arte hay un alto nivel de abstracción que no llega. La hiperdocumentación que vive B. está hecha para el turismo de hecatombe, la gente se dirige en masa a conocer los lugares donde vivió el mal, y al nacionalismo le gusta jugar con serpientes, y las serpientes son reales. El mal nunca es abstracto, el mal es, el mal vive.

El fin con el que fueron creados muchos de los memoriales, al echarse en brazos de la belleza y del arte moderno, quedan sublimados y vaciados de contenido real. Pero si estaban pensados para pedir perdón, ¿finalmente a que pedían perdón sino así mismos? Nadie quiere ver el mal real, nadie está preparado para tenerlo tan cerca aún estando dentro de cada uno. La hiperdocumentación lleva al olvido más rápidamente que la conjetura individual. La memoria debe hacer más daño, debe hacer daño cada día allí donde el mal originó el daño.

A cada paso iba chocando y debía parar, detenerme, leer. Sentí arcadas y miedo al llegar a la Niederkirchnerstraße, donde estuvo la sede de la Gestapo, ahora ese espacio es llamado topografía del horror. Los fríos azulejos color agua de los sótanos de aquel lugar. Agudiza, aún se oyen los gritos, los chasquidos, la brutalidad de los delincuentes y las palabras de las víctimas se caen al suelo y se convierten en babosas. Pon migas en el desierto y aparecerán aves, entonces seguirás a las aves. Detrás de una inscripción otra. Lo inscrito, lo grabado, las palabras como cicatrices. Mientras tanto pisas y caminas por el mismo suelo por donde antes lo hizo el mal. Me permití un lujo, fue la última noche, caminaba por el canal de Landwehr, en un muro de granito a la entrada de un puente, con un buril de punta muy fina grabé, “Spree=Nerben=Río=Cicatriz” Otro concepto, otra inscripción más.

El problema es vivir con ello, y poder estar detrás de las palabras y no delante como un mero observador, y así poder atravesar, entrar y salir a aquel mismo tiempo. Lo entendí mientras dejaba mi propia cicatriz sobre una piedra. El Spree ha sido posiblemente el río en el que más cuerpos han flotado en el abismo. Es el único río del mundo que desembocaba en el abismo. Su corriente arrastró tantos cuerpos que se trababan en la corriente. Hubo tantos huesos en su lecho, que los castores del mal trabaron durante mucho tiempo los canales del infierno. Los días pasaron muy lentos.

En el aeropuerto comparé los dos poemas que llevaba en un papel dentro de “Infancia en Berlín” de Walter Benjamín. Dos poemas fluviales, uno de Pedro Tenorio, escrito en T. en los noventa, y otro de Paul Celan. Los dos poemas fluviales arrastran dolor. Los he terminado trabando, uno en otro, en mi memoria hasta hacer de ellos un único poema.

“Ni veo si tus ojos me deslumbran, porque me sientes dentro, del alma enardecida que sin duda te libera del mundo, ni veo tus gemidos” “Ve tú al Spree, ve al Havel, ve a los ganchos de carnicero, ve a la rojas manzanas en palillero de Suecia –Viene la mesa que las ofrendas trae, en un Edén da la vuelta– El hombre quedó como un colador, la mujer, la cerda, flotando se tuvo que ver, por ella, por nadie, por todos –El canal de Landwehr no va a murmurar nada” Al llagar a T. ya era de noche, apenas tres horas de viaje. Que apretado está el mundo.

https://www.eldiario.es/clm/palabras-clave/Opinion-Berlin-ma-non-troppo_6_974362562.html

eldiario.es

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